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Oct 20, 2025 | REVISTA

✦ Calidad en envases alimentarios: más que un control, una garantía

Marián García

Responsable de calidad de Formaspack Upcycling Group.

Hablar de calidad en la industria alimentaria es hablar, inevitablemente, de responsabilidad. Desde el origen de los ingredientes hasta el producto final que llega al lineal del supermercado, cada etapa debe estar cuidadosamente controlada. Y, entre ellas, hay una que muchas veces pasa desapercibida, pero que es absolutamente crítica: la calidad del envase.

El envase no solo contiene: protege, conserva, comunica. Es la última barrera entre el alimento y el entorno. Si falla, el alimento falla. Por eso, asegurar la calidad del packaging, especialmente cuando hablamos de materiales en contacto directo con alimentos como el PET, es una labor técnica de primer orden. Y no basta con que “cumpla”; tiene que garantizarlo de forma constante y demostrable. 

 

Qué implica realmente un control de calidad

En el mundo del envase alimentario, el control de calidad no se limita a comprobar si el producto final tiene buen aspecto. Implica una serie de verificaciones sistemáticas desde el primer momento: selección de materias primas, procesos de transformación, rendimiento mecánico, estabilidad térmica, migración de sustancias, aptitud alimentaria… Todo, absolutamente todo, se revisa con criterios definidos y bajo estándares normativos.

Hay tres propiedades clave que se analizan en cualquier envase alimentario:

  • Resistencia mecánica, para asegurar que soporta transporte, almacenamiento y uso sin deteriorarse.
  • Uniformidad, fundamental para que todas las unidades del producto tengan el mismo comportamiento.
  • Hermeticidad, para evitar que agentes externos —especialmente el oxígeno o la humedad— afecten al alimento.

Cuando un envase falla en cualquiera de estos aspectos, no solo pone en riesgo la conservación del producto, sino también la salud del consumidor. Por eso, no hay margen para la duda: los controles deben ser sistemáticos, exigentes y trazables.

PET reciclado: un material con mucho futuro… y aún más controles

El uso de PET reciclado (rPET) en aplicaciones alimentarias ha ido ganando protagonismo en los últimos años, a medida que los procesos industriales han sido capaces de garantizar su seguridad y funcionalidad. Se trata de un material técnicamente muy versátil, siempre que se obtenga a partir de circuitos de reciclado cerrados y controlados, y que se someta a procesos de descontaminación validados para uso alimentario.

La legislación europea ha reforzado este marco con el Reglamento (UE) 2022/1616, que establece requisitos específicos para los materiales plásticos reciclados destinados al contacto con alimentos, exigiendo una validación técnica del proceso por parte de la EFSA (Autoridad Europea de Seguridad Alimentaria) y un seguimiento permanente del rendimiento del sistema.

A escala nacional, el Real Decreto 1055/2022 sobre envases y residuos de envases consolida el principio de responsabilidad ampliada del productor, y promueve medidas claras de prevención, reutilización y reciclado. Esta normativa también marca objetivos de incorporación de material reciclado en los envases, impulsando su presencia en sectores como el alimentario, siempre dentro de los márgenes de seguridad definidos.

Verificaciones técnicas del rPET: cómo se garantiza la calidad

Para que el PET reciclado pueda reincorporarse con garantías al circuito alimentario, es necesario aplicar un sistema de control riguroso a lo largo de todo el proceso. No basta con recuperar el material: hay que demostrar que conserva las propiedades clave que lo hacen seguro y funcional.

Entre los controles más relevantes que se aplican habitualmente en plantas de transformación de rPET se encuentran:

  • Viscosidad: Indicador del peso molecular y, por tanto, de la longitud de las cadenas de polímero. Es fundamental para determinar la aptitud del material según su uso previsto (por ejemplo, lámina para termoformado o preformas para soplado).
  • Ensayos de migración global y específica: Para comprobar que no hay transferencia de sustancias indeseadas desde el envase al alimento. Estos ensayos son especialmente relevantes en materiales reciclados, donde pueden estar presentes trazas de contaminantes o residuos del proceso.
  • Control de contaminación física: Se aplican sistemas ópticos y mecánicos para detectar y separar materiales no PET (como etiquetas, metales, tapones u otros plásticos incompatibles), que podrían comprometer tanto la seguridad como las propiedades del producto final.
  • Evaluación de la pureza del polímero: Análisis químicos y físicos que permiten verificar la identidad y limpieza del material, evitando mezclas que puedan afectar su estabilidad térmica o su resistencia.
  • Ensayos mecánicos y térmicos: Determinan si el material reciclado responde adecuadamente en las condiciones habituales de procesado industrial (temperatura, presión, tiempo de ciclo), y si ofrece propiedades equivalentes a las del material virgen.

El objetivo de este conjunto de controles no es solo cumplir con una normativa, sino asegurar que el material puede ser utilizado sin reservas en procesos industriales ya optimizados, sin poner en riesgo la seguridad del alimento ni la funcionalidad del envase.

Calidad como eje técnico de la economía circular

El PET es, como hemos comentado, uno de los polímeros con mayor potencial de circularidad. No solo porque es reciclable en múltiples ciclos, sino porque, bien tratado, puede conservar sus propiedades clave sin degradación significativa. Eso sí, este potencial solo se materializa si detrás hay una estrategia de control y verificación técnicamente solvente.

La calidad no es solo una exigencia normativa; es una forma de generar confianza. En un mercado donde cada vez se valora más la sostenibilidad, utilizar materiales reciclados —sin renunciar ni un ápice a la seguridad o a la funcionalidad— es una forma tangible de aportar valor.

En definitiva, gestionar la calidad en el envase alimentario es gestionar algo más que un conjunto de parámetros técnicos: es gestionar la confianza del consumidor, la reputación de las marcas y, en última instancia, la viabilidad de una industria que quiere avanzar hacia un modelo realmente circular.

Y en ese camino, el control de calidad no es un trámite. Es el garante de que todo lo demás funciona.

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