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Sep 24, 2025 | REVISTA

✦ Entrevista Forum Calidad – Adolfo Ramírez

Adolfo Ramírez

Experto en transformación digital y cultural de las empresas. Autor de El valor de la autenticidad y de Digitalízate o desparece. https://adolforamirez.es/

En su último libro insiste en que la autenticidad está en riesgo por el cortoplacismo empresarial ¿Qué señales concretas deberían alarmar a un directivo de que su organización ha entrado en esa dinámica peligrosa?

Las señales suelen ser claras, aunque a veces se prefieren ignorar: cuando las decisiones se toman pensando solo en el próximo trimestre; cuando el lenguaje interno esta dominado por la presión y no por el propósito; cuando los equipos sienten que se les pide producir más, pero no mejor; y cuando los valores de la empresa se convierten en póster en la pared sin reflejo en las prácticas diarias. A ello se suma la falta de innovación: cuando la organización repite fórmulas conocidas en vez de explorar nuevas soluciones, es señal de que el cortoplacismo se ha instalado.

Otro síntoma grave es la desconexión entre lo que se dice y lo que se hace: ahí es donde la autenticidad empieza a erosionarse.

Pero, posiblemente, el más alarmante se produce cuando tus mejores talentos se van sin dar feedback. Simplemente dicen “nueva oportunidad” y se marchan. Eso significa que han perdido la esperanza de que la organización pueda cambiar.

 

Muchos líderes ya proclaman tener un propósito, pero usted advierte que suele quedarse en un eslogan ¿Cómo puede un consejo de administración distinguir un propósito auténtico de un mero claim de marketing?

La prueba es sencilla: observar si el propósito condiciona las decisiones difíciles. Un claim de marketing adorna la web corporativa, pero un propósito guía la estrategia, incluso cuando supone renunciar a ingresos a corto plazo o a contratos que no encajan con los valores de la organización.

Un ejercicio práctico: toma las últimas diez decisiones estratégicas de tu organización. Si no puedes trazar una flecha clara entre cada decisión y tu propósito declarado, entonces no tienes un propósito real, tienes una declaración de buenas intenciones.

Si el propósito está presente en la agenda, en los incentivos y en los hábitos de liderazgo, entonces no es un eslogan.

 

La inteligencia artificial puede ser una gran aliada de la cultura organizativa ¿Qué cree que es más urgente: formar a los líderes en tecnología o formar a los tecnólogos en cultura empresarial?

Ambas formaciones son imprescindibles, pero si tuviera que priorizar, diría que los líderes deben comprender la tecnología. No necesitan ser expertos técnicos, pero sí entender, como la IA transforma modelos de negocio, decisiones y formas de trabajar o como la digitalización elimina burocracia y mejora la experiencia de los clientes.

A la vez, los tecnólogos deben impregnarse de la cultura y valores de la empresa para diseñar soluciones coherentes. No tengo ninguna duda que este es un los principales gap a resolver en la mayoría de las organizaciones.

En el punto de encuentro entre tecnología y cultura surge el verdadero valor.

La resistencia al cambio suele venir de mandos intermedios ¿Cómo se convierte a esos perfiles en aliados sin que sientan que pierden poder?

La resistencia de mando intermedios no viene del miedo al cambio, viene del miedo a la irrelevancia. Han construido su valor profesional siendo “los que saben”, y cualquier transformación amenaza esa posición.

La clave es redefinir su rol de “controladores de información” a “catalizadores de crecimiento”. En lugar de quitarles poder, darles un poder diferente: convertirlos en agentes del cambio, no en sus víctimas.

Concretamente, involucrarlos en el diseño del futuro, no solo en su implementación. Que sean ellos quienes identifiquen qué hay que cambiar en sus áreas y propongan cómo hacerlo. Cuando alguien diseña la solución, raramente se resiste a ella.

 

Usted describe a la organización como un organismo vivo. Si tuviera que hacer un “chequeo médico” a las empresas españolas, ¿qué síntomas de salud y qué patologías detectaría hoy?

Las empresas españolas han desarrollado una notable capacidad de adaptación, la pandemia lo impulso y demostró. Hay una nueva generación de líderes que entiende que el talento es móvil y hay que tratarlo como tal. No obstante, y esto también es positivo, muchas organizaciones están redescubriendo el valor de la proximidad y las relaciones personales frente al “todo digital”.

En el ámbito de las patologías, no hay buenas noticias, y se identifican tres “enfermedades” preocupantes. En primer lugar, una “anemia de propósito”. Muchas organizaciones funcionan, pero no saben por qué existen más allá de generar beneficios. Esto genera equipos técnicamente competentes, pero emocionalmente desconectados.

Otra patología es la “Hipertensión de la urgencia”, todo es “para ayer”, nada es importante. Esto agota a los equipos y genera decisiones reactivas en lugar de estratégicas.

Y la más sutil, pero letal: el “síndrome del simulacro”, empresas que han perfeccionado las formas de modernidad organizacional -tienen metodologías ágiles, hablan de transformación digital, implementan OKRs- pero, sin entender realmente qué problema resuelven, ni que beneficios aportan. Es como una especie de maquillaje sobre síntomas profundos.

 

Finalmente, mirando a 2030: ¿cuál cree que será el principal factor de diferenciación entre las organizaciones que sobrevivan y las que desaparezcan?

Será la capacidad de generar significado genuino tanto para sus profesionales como para el mercado.

Hasta ahora, las empresas competían en eficiencia, innovación, precio, … Pero la IA va a igualar muchas de esas ventajas. En 2030, lo que no podrá replicar la IA será la capacidad humana de encontrar sentido a lo que hace.

Las organizaciones que sobrevivan serán aquellas donde la gente se levante cada mañana sabiendo no solo los “qué” hacer, sino también “para qué” lo hace. Donde el trabajo no sea solo un intercambio de tiempo por dinero, sino un espacio donde las personas crecen y contribuyen a algo más grande que ellas mismas.

En 2030, el principal activo empresarial no será la tecnología, ni siquiera el talento. Será la capacidad de hacer que ese talento quiera quedarse y dar lo mejor de sí mismo. Y eso solo se consigue cuando las personas sienten que su trabajo importa realmente.

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