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May 22, 2026 | REVISTA

✦ La factura climática que ya pagan las empresas españolas

Enrique Marroquín

VP Service Engagement de EcoVadis

820.000 millones de euros. Es lo que han costado los fenómenos climáticos extremos en Europa desde 1980, según la Agencia Ambiental Europea. Una cifra acumulada en cuatro décadas de inundaciones, sequías, olas de calor y temporales. Y la tendencia no se modera: en los últimos años, las pérdidas anuales se sitúan entre 40.000 y 50.000 millones, lo que indica que tanto la frecuencia como la intensidad de estos eventos siguen aumentando. Para muchas empresas, esto ha dejado de ser una preocupación lejana, y es ya una variable que aparece en sus costes, en sus operaciones y en su capacidad de planificar el negocio.

España es uno de los países europeos más expuestos: las sequías afectan de forma recurrente al sector agroalimentario, con cosechas que se pierden o se reducen drásticamente; las olas de calor presionan la demanda energética y vuelven más volátil la producción hidroeléctrica; las infraestructuras de transporte, diseñadas para el clima de hace unas décadas, acusan episodios para los que no fueron concebidas. Sectores enteros están aprendiendo, a base de golpes, que el riesgo climático no es una amenaza abstracta.

Para las empresas, el problema no reside solo en lo que se pierde en cada evento climático, sino en cómo ese impacto se propaga, de forma gradual y acumulada, a través de toda la cadena de suministro. Cuando un proveedor reduce su producción por una sequía prolongada, cuando una inundación corta una ruta logística clave o cuando el precio de la energía se dispara tras un episodio extremo, el impacto no se queda en el eslabón afectado; se va trasladando a los plazos de entrega, a los precios de compra y a la capacidad de respuesta ante clientes. Muchas empresas han vivido estas situaciones en los últimos años sin identificarlas necesariamente como riesgo climático, cuando en realidad lo eran.

Lo que hace especialmente relevante esta dinámica es que coincide con el lugar donde se genera la mayor parte de las emisiones. Las mismas cadenas de valor que hoy están expuestas a interrupciones climáticas son también las que concentran la mayor parte de las emisiones corporativas. En sectores como la fabricación, el comercio minorista y la tecnología, las emisiones de Alcance 3, aquellas que se producen a lo largo de la cadena de valor y fuera de las operaciones directas, pueden representar más del 70 % de la huella total. En otras palabras, la parte del negocio que más contribuye al cambio climático es también aquella donde sus impactos empiezan a sentirse con más intensidad y donde las empresas suelen tener menos visibilidad. 

Los datos que manejamos en EcoVadis, a partir de la evaluación de más de 175.000 empresas en todo el mundo, apuntan en esa dirección: la gestión del riesgo climático en la cadena de suministro sigue siendo una asignatura pendiente para la mayoría de las organizaciones, incluso entre aquellas con compromisos de sostenibilidad bien establecidos. Tener objetivos de reducción de emisiones no equivale a contar con datos reales sobre lo que ocurre con los proveedores. Y sin esa visibilidad, es muy difícil anticipar dónde están los mayores riesgos o dónde tiene más sentido actuar.

A esto se suma un entorno regulatorio que apunta en un sentido claro: la Corporate Sustainability Reporting Directive (CSRD) se encuentra en fase de despliegue, con ajustes en curso, pero con una exigencia creciente de transparencia sobre los riesgos climáticos a lo largo de la cadena de valor. Por su parte, el Carbon Border Adjustment Mechanism (CBAM) entrará en su fase definitiva en 2026 y ya está condicionando las decisiones de compra y aprovisionamiento en sectores con alta huella de carbono. Dicho de otro modo, las empresas que no tengan datos fiables de sus proveedores no solo afrontarán mayores riesgos operativos, sino que también tendrán más dificultades para adaptarse a las nuevas normativas y a la presión de la sociedad, de los inversores y de la clientela.

La buena noticia es que trabajar en esto tiene un retorno que va más allá de la sostenibilidad. Las empresas que conocen mejor las prácticas ambientales de sus proveedores, su exposición a riesgos físicos o su huella de carbono están en mejores condiciones de anticipar interrupciones, ajustar su estrategia de compras y reducir su exposición a la volatilidad de costes.

El cambio climático no es un riesgo del futuro que habrá que gestionar algún día; es una variable del negocio que ya está afectando a costes, operaciones y capacidad de planificación. De hecho, según el Global Risks Report 2026 elaborado por el World Economic Forum, los fenómenos climáticos extremos son el tercer mayor riesgo global, después de las guerras comerciales y los conflictos armados. Las empresas que antes lo entiendan así y actúen en consecuencia serán las que gestionen con más solidez la incertidumbre que ya forma parte del negocio.

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