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Jul 21, 2025 | REVISTA

✦ Madrid, estado mental: la región que eligió crecer

Manuel López Torrents

Aterriza en Barajas un inversor extranjero: un gran fondo, un empresario latinoamericano… Sale del aeropuerto y en menos de 30 minutos está en la Castellana. Ha tomado el metro, por un suplemento de tres euros. Reuniones en la zona prime: un despacho de abogados de nivel (Garrigues, Clifford, Uría, Linklaters, Latham…), una cotizada con sede en un complejo empresarial de ultimísima generación, sin imposturas, pero con calidad. El inglés fluye, el trato es profesional y la ciudad funciona. Todo encaja.

Comida en Filandón, donde conviven la alta dirección y los amigos de la carne y el pescado. Café con vistas, paseo por El Prado, por cortesía de una de las empresas Ibex, que es patrocinadora de una de las exposiciones. Y por la noche, Champions. Antes de acostarse, visita ‘cultural’ por Ponzano o Huertas. Y a una hora prudencial, descanso en un hotel magnífico. A la mañana siguiente, una visita rápida a IFEMA, dos reuniones más, taxi al aeropuerto y vuelta, con el inversor pensando que tiene que echar raíces aquí ¿Qué región europea ofrece esto con esta naturalidad? ¿Qué capital hace convivir economía, cultura, logística, ocio y estabilidad institucional sin necesidad de explicar nada?

Madrid.

Hay algo profundamente revelador en la forma en que Madrid ha crecido en los últimos años. Algo más allá de la estadística, de los rankings y de las infraestructuras. Un fenómeno que no se explica sólo con política, ni con demografía, ni siquiera con economía. Madrid ha decidido crecer. Y eso, en el mundo actual, no es una obviedad: es una declaración de intenciones.

En un entorno nacional e internacional en el que muchas regiones asumen el estancamiento como destino —e incluso como virtud—, Madrid ha apostado por seguir siendo una tierra de oportunidades. A veces a contracorriente, otras veces sin el acompañamiento institucional deseable, e incluso enfrentándose a la incomprensión o la crítica, esta comunidad autónoma ha sabido resistir una tendencia global: la de poner en duda el valor de la empresa, la movilidad social, el mérito o la inversión.

Este artículo no pretende desgranar los 18 megactivos que recoge el libro homónimo publicado en 2024 (Megactivos: El exitoso modelo de crecimiento de Madrid, LID Editorial), aunque conviene enunciarlos: hablamos de infraestructuras clave como Barajas, IFEMA, o la Ciudad del Deporte; de instituciones tractoras como la Bolsa o Madrid Nuevo Norte; de la sanidad con la Fundación Jiménez Díaz como mejor hospital de España (o, al menos, eso dicen bastantes rankings); y de conceptos como su fiscalidad atractiva, su apertura al talento o su colaboración público-privada. Pero el objetivo aquí no es el catálogo, sino la filosofía.

En las primeras líneas del libro afirmo que, en realidad, Madrid es una forma de ser. Un estado mental. Una manera de entender la relación entre lo público y lo privado, entre el ciudadano y el poder, entre la iniciativa individual y el marco común.

Donde conjugan perfectamente las ganas de prosperar en lo laboral y lo personal, y eso, por supuesto, incluye al ocio y la cultura. Esa filosofía es la clave. La libertad es la clave de todo ello, por supuesto, y ese es el término que atacan sus detractores políticos. Que los tiene.

Una sociedad menos dependiente

Madrid ha sido pionera en una idea que, paradójicamente, cuesta aceptar en otros territorios: que una sociedad no debe definirse por lo que el Estado le da, sino por lo que sus ciudadanos son capaces de generar. Que no se trata de esperar, sino de emprender. Que no es el subsidio lo que construye riqueza, sino el dinamismo. Siempre que sea posible, a la administración hay que quitársela de encima.

Y si está, a lo mejor se puede ir del brazo con ella, en colaboración público-privada. Madrid no hace apología de lo público, un mal en el que ha caído España y gran parte de Europa, aunque lo envuelvan en celofán del color que sea.

Por eso la región madrileña ha sido coherente en su propuesta fiscal: una fiscalidad moderada, con los impuestos razonables en IRPF, y sin meter mano en Sucesiones, Patrimonio o Donaciones. Esto no es una “rebaja de ricos” ni dumping, como a menudo se caricaturiza, sino un gesto de confianza en el ciudadano. Un marco que entiende que las personas son más libres —y más responsables— cuando se les deja margen de acción.

Por desgracia, el gran mérito de Madrid es que no se inventa impuestos autonómicos, como sí hacen casi todas las demás. Qué pequeño placer para el turista es no abonar esa tasa ecológica, o como la quieran llamar.

El resultado es paradójico para muchos, pero lógico para quien estudia con rigor: Madrid es, con diferencia, la región que más aporta al conjunto del Estado. Su menor presión fiscal no implica menor solidaridad, sino todo lo contrario. Porque genera más. Porque atrae más. Porque multiplica.

Y eso tiene consecuencias. Madrid financia, con su dinamismo, una parte importante del gasto público de otras comunidades. Lo hace sin quejarse, sin exigir privilegios, sin pedir un trato especial. Pero no deja de ser significativo que una región que apuesta por la libertad individual acabe sosteniendo, en gran medida, a otras que han optado por el intervencionismo o por modelos de crecimiento fallidos.

Porque una de sus grandes ventajas es no tener derivas ideológicas ni identitarias. Más que una gran cultura o un gran patrimonio, esas restricciones mentales son lastres económicos y distorsión de foco. Madrid no precisa de escuelas con imposiciones lingüísticas, ni policías autonómicas, ni embajadas, ni “estructuras de estado”, ni agencias de supervisión de rótulos o cantidad de emisión en lengua autonómica. Ese podría ser el 19º megactivo.

Lo que sí hay es alfombra roja al emprendimiento y la empresa. El empresario es bien visto y los altos patrimonios que aterrizan continuamente no molestan: al revés. Traen dinero y eso es bueno. Ser rico no es un motivo de castigo, sino de admiración, al menos, hasta que se demuestre lo contrario.

Esto no va sólo de gobiernos. Madrid ya no depende tanto del color político. Hace años que ha cambiado de sesgo. Ya no es tanto una cuestión de partidos como de mentalidad compartida por la mayoría de su población. Es, sin duda, la región más abierta de España. La que más gente recibe. Y también la que más gente ve marchar, porque aquí se mueve todo: personas, ideas, capital.

Desde los años 80, Madrid ha sumado más de dos millones de nuevos habitantes. Personas venidas de todas partes de España y del mundo. Esos ciudadanos han terminado de configurar una comunidad autónoma con una identidad propia, mestiza, dinámica. Madrid ya no es solo la capital. Es una región por derecho propio. Una metrópoli diversa, con motor económico, con ambición.

Y lo más sorprendente es que, incluso en los barrios populares, no se ha instalado el estatismo. No se idolatra el subsidio. Hay hambre de prosperidad. Las nuevas generaciones madrileñas no piden tanto protección como oportunidades. Y eso es lo que define, en el fondo, la cultura de una región. 

 

Una isla en España… y en Europa

Esa coherencia interna —libertad, emprendimiento, inversión, apertura— ha hecho de Madrid una isla. Una anomalía positiva. Un ejemplo difícil de replicar en otras regiones donde el peso del aparato político, sindical o burocrático ha asfixiado la iniciativa privada.

Madrid es hoy la región más competitiva de España, la más rica, la más internacional, la más innovadora, la que más empleo crea, la que más empresas atrae. Y lo hace sin renunciar a la cohesión social, con una de las tasas más altas de esperanza de vida, una sanidad puntera, una red educativa plural y un nivel de seguridad envidiable.

Pero también es, cada vez más, una isla europea.

Frente al retorno del proteccionismo, del gasto público sin control y de una cierta demonización del éxito económico, Madrid recuerda a aquella Europa anterior: la de la apertura, el esfuerzo y la movilidad ascendente. Una Europa que confiaba en su talento y no lo castigaba. Una Europa que no penalizaba a quienes prosperaban.

La de los criterios de convergencia y los crecimientos poderosos, que generaban empleo y beneficio, pero, además, superávit fiscal y reducción de deuda pública. Recordemos que un Gobierno obsesionado con estas buenas prácticas fue quien creó la ya agotada Hucha de las Pensiones, con los excedentes de la Seguridad Social. Sí: excedentes.

Esa ancla con los valores que funcionaron —los valores del crecimiento, del comercio, de la estabilidad institucional, del respeto a la ley y al mérito— convierte a Madrid en una referencia cada vez más admirada. Quizá por eso tantas empresas europeas, y cada vez más latinoamericanas, eligen instalarse aquí. Porque Madrid respira libertad económica cuando otros la asfixian.

El valor de lo intangible

Lo más valioso de los megactivos de Madrid no es sólo lo que se ve: sus infraestructuras, sus redes de transporte, su hub logístico o su ecosistema empresarial. Es lo que representan. Lo que proyectan. Lo que inspiran.

Un aeropuerto intercontinental como Barajas no es sólo un nodo de vuelos: es una declaración de conectividad global. Un centro de eventos como IFEMA no es sólo un recinto ferial: es un símbolo de confianza en el comercio y en el intercambio de ideas. Una infraestructura como Madrid Nuevo Norte no es sólo un proyecto urbanístico: es una apuesta por el largo plazo, por la transformación real, por la ciudad del siglo XXI.

Lo mismo ocurre con la fiscalidad o el empleo. No se trata sólo de números. Se trata de un clima. De una actitud. De una atmósfera que favorece la movilidad social, la creación de empresa, la atracción de talento y la inversión extranjera.

Ese intangible —ese “estado mental Madrid”— es el verdadero motor. Porque las infraestructuras se pueden copiar. La mentalidad, no.

 

Megactivos: sustento, aglutinación y crecimiento

Los megactivos son mucho más que hitos físicos o datos presupuestarios. Son las estructuras que sustentan, que dan sentido al modelo madrileño. Son también los elementos que aglutinan voluntades, inversiones, talentos y proyectos. Pero, sobre todo, son el andamiaje que garantiza el crecimiento, porque están pensados para crecer. Para escalar. Para dar más.

Y eso es clave: que no se trata solo de lo que ya hacen, sino de lo que pueden seguir haciendo.

Ojalá en breve haya más megactivos. Y seguro que los habrá. Porque si algo caracteriza a Madrid no es su conformismo, sino su capacidad de reinventarse. De sumar. De avanzar. De seguir siendo lo que ya es: la mejor región de Europa.

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